Gabriel García Márquez expresó: “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo escuchamos se nos arruga el sentimiento”, destacando así las bondades emocionales que produce un buen canto vallenato. El Nobel colombiano llegó más lejos al afirmar que su célebre obra ‘Cien años de soledad’ era, en esencia, un vallenato de 350 páginas, exaltando la música que nació en los corrales de los caseríos de la costa Caribe colombiana, interpretada por hombres campesinos que con su acordeón y sus voces cantaban las vivencias cotidianas de su entorno.
La música vallenata se consolidó como una poesía natural, mezclada con acordeón, caja y guacharaca, capaces de diversificar cuatro aires diferentes —paseos, merengues, sones y puyas— con distintos caracteres y velocidades, según describió el juglar Ovidio Granados. Estos aires, hermanos de alma, le confieren identidad al folclor vallenato, dando origen a historias imborrables y a figuras emblemáticas, como el arquitecto-compositor y el legendario duelo de versos entre dos hombres curtidos por la vida.
No pueden faltar las leyendas que enriquecen este género musical, como la de Francisco El Hombre, quien, en un duelo musical con el diablo, logró la victoria tocando el credo al revés. Este folclor y sus historias encontraron un espacio para brillar en 1968 con el nacimiento del Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar, una celebración que abre corazones y reúne a genios del acordeón, compositores y verseadores que llevan mensajes cantados con la esencia misma del Caribe colombiano.
Cada año, a finales de abril, Valledupar se convierte en el epicentro del vallenato, acogiendo a quienes buscan disfrutar del mejor manjar musical. Entre las canciones emblemáticas resaltan aquellas que abordan el amor, la nostalgia y la ausencia sentimental, canciones que atraviesan el alma y recuerdan que el vallenato vive más allá del tiempo, haciendo sentir que los minutos y segundos están de paseo, mientras el canto continúa sin pronunciar la última palabra.
