Enero siempre llega con promesas. Para algunos es un mes de resoluciones; para otros, de balances. En el Caribe profundo, ese donde la vida aún se mide por el sol, el viento y la paciencia, enero es, ante todo, tiempo de cabañuelas: el antiguo ritual campesino que busca leer el año en los primeros doce días, como si el cielo fuera un libro abierto.
Las cabañuelas no son superstición ligera. Son observación pura. Nubes, brisa, luna, rocío, lluvias tempranas. Con esos signos, los abuelos decidían cuándo sembrar, qué esperar, y cuánta fe ponerle a la tierra. De ese conocimiento heredado nació una de las canciones más simbólicas del vallenato tradicional: “Cabañuelas”, compuesta por Roberto Calderón Cujia y grabada en 1982 por Hermanos Zuleta.
La historia no empieza en un estudio ni en una parranda, sino en una finca. Los Haticos, a quince minutos de San Juan del Cesar, La Guajira. Allí, el abuelo Enrique Cujia se sentaba cada enero con un almanaque Bristol en la mano, mirando al cielo con la calma de quien sabe que la naturaleza no se apura. Ese ritual cotidiano quedó grabado en la memoria de su nieto, que años después entendería que el amor también necesita clima, estaciones y lluvias oportunas.
Porque Cabañuelas no habla solo del campo. Habla del corazón. Calderón Cujia hizo la comparación inevitable: así como la tierra necesita agua para no secarse, el amor necesita señales para no morir. Las “lluvias de amor” llegan para apagar el calor del olvido y devolverle esperanza a un sentimiento que parecía perdido.
La canción nació en un momento difícil. Un episodio sentimental complejo, una relación al borde del desgaste. El compositor lo ha contado sin rodeos: Cabañuelas fue un intento desesperado, y poético, de rescatar el amor de su novia Ligia Zarante. La escribió en una casa del barrio Las Cumbres, en Barranquilla, lejos de la finca, pero cerca del recuerdo.
El resto es historia vallenata. Los Hermanos Zuleta escucharon la canción, creyeron en ella y la llevaron a Bogotá para su grabación. Allí ocurrió una de esas anécdotas que solo el folclor puede regalar: el intro fue probado primero por Ovidio “Villo” Granados, técnico de acordeones del grupo. Cuando Emilianito Zuleta la escuchó, quedó tan convencido que, tras practicarla, decidió grabarla tal como estaba. No se tocó más.
Cuarenta años después, Cabañuelas vuelve cada enero como si el tiempo no hubiera pasado. Suena en emisoras, en parradas familiares, en playlists nostálgicas y en conversaciones donde alguien siempre dice: “esta canción es de enero”. No por moda, sino por sentido.
Porque mientras existan campesinos mirando el cielo, amores esperando señales y vallenatos que sepan contar historias verdaderas, las cabañuelas seguirán marcando el ritmo del año. Y este vallenato, como la lluvia buena, seguirá cayendo justo cuando más se necesita.
