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Home » Blog » La tristeza contemplativa de la canción “Noche sin luceros”
CrónicasOpinión

La tristeza contemplativa de la canción “Noche sin luceros”

Augusto Puello
By Augusto Puello - Codirector
Published: 21/12/2025
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Antes que nada, queridos lectores, quiero decirles que éste es un relato personal. Hay canciones que no pasan simplemente por el oído. Canciones que se instalan en la memoria y en el alma, que se escuchan con los ojos cerrados porque no es suficiente con la melodía, hay que sentir lo que despiertan. Noche sin luceros es una de ellas. Irónicamente, hasta hace poco comprendí que no es una canción más en el repertorio vallenato, esta poesía es una confesión en un mar de figuras literarias. Y cada vez que la vuelvo a escuchar, me provoca el mismo impulso: llorar. Pero, no se confundan, no es un llanto de dolor, es de contemplación. Es una tristeza que se reconoce, que se acepta y que, paradójicamente, se disfruta.

No es gratuito el poder de Noches sin luceros. La canción fue escrita en 1974 por Rosendo Romero Ospino, cuando apenas tenía 23 años. Era su primera obra, la que lo presentaba ante el mundo vallenato como el “Poeta de Villanueva”. Con ella, inauguraba un camino como compositor y marcaba una manera de entender el folclor: a través de imágenes profundas, cargadas de melancolía y esperanza al mismo tiempo. La obra, fue interpretada por voces fundamentales como Jorge Oñate, Diomedes Díaz y Carlos Vives, lo que terminó por darle una dimensión eterna.

La evocación de los recuerdos

La canción abre las puertas de mi infancia, hace que recuerde las cortinas de seda en los ventanales que ondeaban ante la tenue brisa turbaquera. Me devuelve a aquella casa grande donde crecí, donde los ruidos eran constantes y los días se confundían con las noches porque siempre había voces, risas, aunque también preocupaciones.

Recuerdo a mi madre, siempre atribulada, corriendo de un lado a otro para que nada faltara, pero a la vez feliz de ver crecer a sus hijos. Ella misma, mi madre amada, es un reflejo de la letra: la serenidad en medio de las penas, la dulzura escondida en las batallas cotidianas. Noche sin luceros permite volver a ese patio amplio donde jugábamos sin miedo al tiempo, y donde aprendí que la felicidad también está hecha de sacrificios.

La tristeza que sonríe

Pero la magia radica en que esta canción no se queda solo en lo que fue. También conecta con el presente. Cada estrofa se mezcla con la sonrisa joven de mi esposa, que ahora espera a nuestra primera hija. En su ternura descubro la materialización de esos versos que hablan de amores sencillos, puros, soñadores. Ella encarna esa “novia flaquita y tierna” de la que habla Romero en la canción, aunque la vida real le haya dado nombre, rostro y complexión concretos. Y al verla, con la esperanza y la luz de quien espera traer una vida al mundo, la canción golpea distinto: hace llorar, sí, pero también hace agradecer.

Esa es la grandeza del vallenato poético: su capacidad de hacer que el pasado y el presente se den la mano en un mismo sentimiento. En un lado están los recuerdos viejos que duelen por lo irrecuperable; en el otro, la promesa de un futuro que ya late en el vientre de mi esposa. En medio, el puente musical de Noche sin luceros, que me recuerda que la vida se compone de esa tensión constante entre la nostalgia y la esperanza.

La proyección hacia el futuro

Lo que más sorprende es que la canción no solo lleva al pasado ni al presente inmediato, sino que abre una ventana hacia el futuro. Cuando la escucho, me imagino viejo, sentado bajo un palo de mango en cualquier pueblo, con una hamaca colgada, el viento suave de la tarde y la tranquilidad de haber vivido intensamente. Me imagino rodeado de familia y amigos de toda la vida, conversando sin afanes, contando anécdotas que ya nadie sabe si ocurrieron de verdad o si las inventamos con los años. Me veo con mi esposa al lado, sonriendo con la complicidad que solo da la vida compartida. Junto a nosotros, mi hija Emma Isabel, ya grande, acompañándonos en esa tertulia eterna, con vallenatos de fondo como banda sonora de la memoria.

Ese cuadro, que la canción pinta en mi mente, no tiene nada de grandioso en términos materiales. No hay lujos. Solo un palo de mango, unas hamacas, una familia y unos amigos. Y sin embargo, ahí encuentro la imagen más clara de la felicidad: la certeza de que lo vivido valió la pena, que cada lágrima sirvió, que cada risa tuvo sentido.

El poder de la tristeza contemplativa

Por eso digo que la tristeza de esta canción es contemplativa. No es un lamento desgarrador ni un grito de desesperación. Es una tristeza serena, que invita a reflexionar y a sonreír entre lágrimas. Una tristeza que no destruye, que construye recuerdos y sueños. Como si el dolor y la alegría no fueran solo enemigos, los convierte en dos caras de la misma experiencia humana.

Esa es la magia de Noche sin luceros. Escrita por un joven Rosendo Romero que apenas se estrenaba como compositor, conserva hasta hoy la frescura y la hondura de alguien que, a pesar de su corta edad, supo ponerle palabras al paso del tiempo, a la muerte, al amor y a la esperanza. Sus versos nos enseñan que la muerte puede pensarse sin miedo, como un descanso sereno. Nos recuerdan que el amor más auténtico se encuentra en lo sencillo. Nos hacen valorar a los padres, aun cuando los vemos envejecer. Y nos conectan con la naturaleza, con el campo, con el tiempo lento que ya casi no conocemos en esta vida frenética.

Una canción para agradecer

Cada vez que la escucho, reconcilio con mi historia personal. Agradezco la niñez que tuve, incluso con sus carencias. Agradezco a mi madre por haberlo dado todo. Agradezco la juventud de mi esposa y la llegada reconfortante de Emma Isabel, mi hija. Y agradezco también por adelantado los años que vendrán, con la esperanza de que me encuentren bajo ese palo de mango, rodeado de vallenatos y de afectos.

Por eso, lejos de ser un motivo de pura tristeza, esta canción es, en mi vida, un motivo de gratitud. Da ganas de llorar, sí, pero esas lágrimas no son de vacío, son de plenitud. Son lágrimas que limpian, que alivian, que confirman que en el fondo las certezas nos sostienen, junto a la belleza de las emociones que nos mueven.

En últimas, Noche sin luceros me recuerda que llorar y sonreír no son opuestos, sino dos formas complementarias de decir gracias por el viaje.

TAGGED:Carlos VivesGuajiraPaseoRosendo RomeroVillanueva
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ByAugusto Puello
Codirector
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Comunicador social y periodista con más de veinte años en los medios. CEO de Primer Tiempo. Amante del vallenato. Fundador y codirector de Amalaya.com.co.
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